domingo, 26 de julio de 2015

Iria y Raquel. "Las Brujas de San Fernando"


     
«Original ouija board». Publicado bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Original_ouija_board.jpg#/media/File:Original_ouija_board.jpg.
Clara García Casado vivía en San Fernando (Cádiz) y tenía 16 años ese 26 de mayo del tan señalado año 2000. Tenía, también, un novio: Manuel Alejandro. Tenía, además, un buen grupo de amigos y amigas, entre las que había dos, Raquel e Iria, a las que no veía desde hacía tiempo. Ya se sabe, la vida, tener novio, conocer a otros colegas, gustos diferentes. Pero la amistad seguía ahí, perduraba, y ahora las iba a volver a ver. Ese mismo día. Dejaría a Manuel antes de la cena para encontrarse con ellas porque Iria la había llamado para echar unas risas recordando sus correrías en común y salir juntas de nuevo.
     Clara estaba entusiasmada. A Manuel le parecía que hoy no tenía otra conversación. Se había estado riendo de las veces en que había practicado la Oui-ja con ellas. “No te lo creerás, pero siempre que estaba Iria se movía el vasito”. Era muy divertido, aunque algo inquietante. Algunas de ellas se ponían motes, nombres especiales para las sesiones. Ana María era “Molly”, María del Carmen se hacía llamar “India”. Clara también le dijo a Manuel que le preocupaba Raquel, porque tenía que repetir curso.
     Así que Clara se fue a su casa y Manuel se marchó preocupado cuando la dejó porque no le gustaban mucho sus amigas. Pensaba que eran una mala influencia para Clara. Eran raras, todo el mundo lo decía. Vestían siempre de negro, eran fanáticas del espiritismo y habían tallado en sus pupitres del Instituto una tabla de Oui-ja.


     A las 21:30, Clara llamó a Manuel (por el fijo. Entonces no era tan común que todos los adolescentes tuvieran un móvil del que estar pendientes –o depender- todo el tiempo) y le confirmó que salía hacia su cita con sus antiguas amigas. Le dijo también que iban a ir a un descampado conocido como “El Barrero”. Hacia allí iban Clara y Raquel cuando su amigo Gorka las vio, con una litrona de cerveza y muy contentas, ir hacia el encuentro de Iria, que las estaba esperando en el lugar de la cita.
   
El Barrero, desde 2007, es un parque vallado y ajardinado.
 Una vez juntas, las tres amigas conversaron sobre los temas que siempre las habían unido: las anécdotas pasadas juntas, los recuerdos del instituto, los chicos, Manuel. Se habían tumbado en el suelo mirando las estrellas. Por eso Clara no vio cómo se cruzaron en un momento dado las miradas de Raquel e Iria y cómo, de golpe, se abalanzaron sobre ella. Iria tapó los ojos de Clara y la sujetó por los brazos mientras que Raquel sacaba una navaja. Clara forcejeó y Raquel erró la trayectoria de su primer navajazo, hiriendo en el brazo a Iria, que aflojó su presa. Clara reptó alejándose, pero Raquel se incorporó antes y se lanzó sobre ella. La apuñaló, ahora sí, certeramente, primero en el cuello, luego, cuando Clara intentó defenderse con las manos, arañando éstas en varias ocasiones. Clara, desconcertada, formuló una pregunta antes de morir: “¿para qué me habéis traído aquí? ¿para matarme?”. La respuesta fueron catorce puñaladas más que Clara recibió cuando ya estaba boca abajo, propinadas por Raquel mientras que Iria la alentaba y le decía que continuara, que Clara se seguía moviendo, que estaba viva.
Pasado el frenesí, respirando agitadamente, comprobando que Clara había dejado de respirar, fueron a casa de Iria, donde se cambiaron las ropas, empapadas de sangre, para salir a tomarse unas copas en la Ladrillera, la zona de marcha de San Fernando. Una zona de moda por la que también Manuel estaba divirtiéndose con unos amigos. Ambos grupos se encontraron y Manuel se sorprendió de que Clara no estuviera con ellas. Raquel e Iria improvisaron una coartada: “nos ha dejado plantadas”.
     Fue, de nuevo, Manuel, quien se sorprendió a las tres de la mañana, cuando fue despertado por la madre de Clara, que le decía que su hija no había regresado a casa. A las siete de la mañana, la madre estaba desesperada y volvió a llamarle. Ahora Manuel comenzó a preocuparse de verdad. Así que decidió levantarse, asearse y, ya sobre las 9:30, acudir al descampado de El Barrero. Fue Manuel quien la encontró. Fue él quien vio por última vez a su novia, a Clara, sin vida, inerte, tendida sobre el descampado y cubierta de sangre, a pocos metros de su bolso.

     Las declaraciones de Manuel y Gorka llevaron a Iria y a Raquel ante la justicia. Por el encuentro con Gorka, todo apuntaba a que la última persona que vio con vida a Clara fue Raquel. De momento, ambas fueron llamadas sólo como testigos. Pero las continuas contradicciones en las que fue incurriendo Raquel, hizo sospechar a la policía. El inspector jefe de la brigada de San Fernando no lo dudó y empleó la técnica de interrogatorio más vieja del mundo: “¡Venga!, dinos la verdad. Ya la sabemos. Tu amiga nos lo ha contado todo”. Raquel se derrumbó y confesó. Los policías harían lo mismo con Iria, aunque esta vez era cierto porque ya contaban con la confesión de Raquel. “tu amiga nos lo ha dicho todo”. Iria lo corroboró punto por punto.
     
Para la policía, las aficiones esotéricas de Iria y Raquel habían ido demasiado lejos. A las dos niñas (Iria tenía 17 años y Raquel 16) le encantaba lo esotérico. En las casas de ambas se descubrieron ibros como El Diablo, La Boca Satánica y otros delirios, Oui-Ja, contacto con el más allá, Memos, Posesión y Reino de Tinieblas, la última una novela de Dean Koonitz llevada al cine con el título de Asesinos del Más Allá. Iria decía ser la auténtica protegida del demonio e Hija de Satanás y se supo que ya habían intentado matar antes a otra mujer.
     La sentencia y la resolución del recurso contra esa sentencia, considera probado que Iria y Raquel se apostaron en un cuarto de baño del centro comercial Bahía Sur, en San Fernando, esperando durante una hora a que entrara una mujer que considerasen suficientemente pequeña y débil como para poder reducirla y matarla. Su conducta sospechosa alarmó a una de las usuarias de los servicios que salió corriendo y avisó a seguridad, impidiendo que ambas niñas consiguieran su objetivo. Corría entonces del 23 de mayo de 2000. Sólo tres días después, frustradas por su intento fallido, planearían matar a Clara.
     Se supo también que, aunque en ellas ya anidaba el deseo de matar, ambas sentían una gran admiración por José Rabadán, el “Asesino de la Katana”, que poco antes había matado a sus padres y a su hermana pequeña. Se supo que se carteaban con él.


     Iria y Raquel fueron condenadas por el tribunal a 8 años de internamiento en un centro psiquiátrico y cinco de libertad vigilada. Sin embargo, ante la falta de centros especiales que cumplieran los requisitos de la ley del menor, fueron puestas en libertad en 2005, viviendo hoy bajo nombre falso en paradero desconocido.

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