lunes, 29 de febrero de 2016

El Delito como Desviación (Parte III y última)

En anteriores entradas, hemos ido repasando las distintas teorías que entendían el delito como un comportamiento anómalo, desviado. Faltan, sin embargo, mencionar algunas de las principales y comentar algunas de las bases de las que ya hemos citado. En este artículo concluimos el repaso a estas teorías, por el momento,  ya que no descartamos abordar alguna de estas teorías ya más en profundidad en en futuro.


Albert Bandura
Las teorías del aprendizaje social parten, todas ellas, como sintetiza García de Pablos, de la idea básica de que “la conducta desviada no puede imputarse a disfunciones o inadaptación de los individuos de la <<lower class>>, sino al aprendizaje efectivo de los valores criminales, hecho que podría suceder en cualquier cultura”. Es la idea primordial que reflejan los trabajos de Albert Bandura.
Trabajos primordiales son los de Sutherland y su colaborador Crassey, sobre la teoría de la asociación diferencial. Así, Sutherland afirma que la conducta delictiva no se hereda, ni se imita, ni se inventa y no es algo fortuito ni racional, sino que se aprende, en el sentido de asumir profundamente en el comportamiento los complejos procesos psicológicos y globales que llevan a esa conducta. Para este autor, el aprendizaje viene dado por la idea de organización social diferencial; es decir, para Sutherland, hay grupos de personas que, dentro de una misma comunidad, tienen metas e intereses enfrentados y diferentes. No es raro, pues que algunos grupos o subgrupos tengan intereses delictivos. Esos intereses (los de cada grupo, también los delictivos) se comunican libremente entre sus miembros, constituyendo la base psicológica real de los mismos. No lo dice así Sutherland pero podríamos afirmar que se “naturalizan” los valores de cada grupo, hasta el punto que el delito puede ser, también, en los grupos concretos que lo alimentan, algo natural.


La teoría de Sutherland
Sutherland desarrolla su teoría del comportamiento delictivo aprendido en nueve proposiciones que ofrecemos resumidas:

La conducta criminal se aprende.
La conducta criminal se aprende en interacción con otras personas.
La influencia criminógena depende del grado de intimidad del contacto interpersonal. Se aprende, sobre todo, de los más íntimos: familia, amigos…
Este aprendizaje incluye no sólo las técnicas del delito sino también las motivaciones, los impulsos, las actitudes y la racionalización de ese comportamiento.
La dirección específica de los motivos e impulsos se aprende de las definiciones más variadas de los preceptos legales. Los individuos tienen distintos puntos de vista sobre las leyes, por lo que el individuo se encuentra en un diálogo constante con la conveniencia o no de acatarlas.
Una persona se convierte en delincuente cuando sus definiciones favorables a al violación de las leyes superan a las desfavorables: es decir, cuando por sus contactos ha aprendido más modelos diferenciales que favorables al acatamiento de la ley.
Los contactos diferenciales pueden ser diversos según la frecuencia, duración, prioridad e intensidad de los mismos. A mayor incidencia de cada uno, varios o todos estos factores, más influencia se ejerce sobre el individuo.
Precisamente porque el crimen se aprende, no se imita, sino que implica todos los mecanismos inherentes a cualquier proceso de aprendizaje.
Si bien la conducta delictiva es la expresión de necesidades y de valores generales, no puede explicarse como consecución de los mismos, ya que también una conducta conforme a Derecho responde a idénticas necesidades y valores.

Edwin Sutherland
La teoría de Sutherland ha recibido críticas incluso de sus seguidores, que han objetado su vaguedad, su déficit empírico y sus excesivos niveles de abstracción. Así, Cloward y Ohlin han respondido con la teoría de la ocasión diferencial, que postula que postula que el aprendizaje social de la delincuencia no es homogéneo y uniforme sino que depende de las respectivas circunstancias personales y las oportunidades del individuo y las subculturas a las que pertenece. Otra variante la constituye la teoría de la identificación diferencial, de Galser, que incorpora la teoría de los roles y la influencia de los medios de comunicación. Así, Glaser resalta la posibilidad de identificarse el individuo con los delincuentes a través de una relación positiva con los roles criminales (por ejemplo a través de modelos presentados en los mass media) o a través de la relación negativa con las fuerzas que se enfrentan a la criminalidad. Finalmente, la teoría del refuerzo diferencial, planteada por Jeffery, admite que el crimen es una conducta aprendida pero asume que la forma de incorporarlo al individuo funciona a través del modelo conocido en psicología como de “condicionamiento operacional” que se basa en las consecuencias que tienen los actos para el individuo que los realiza. Para Akers, este refuerzo se realiza mediante estímulos que gratifican determinados comportamientos, reforzándolos o que los debilita si la retribución es un castigo.

Teorías del  Control Social
En el grupo de las teorías de contenido social no podemos olvidarnos de las teorías del control social. Especialmente aludimos a la teoría del arraigo social de Hirschi, ya mencionado, quien rompe con los modelos anteriores y considera que la conducta delincuencial no es aprendida, ni fruto de ciertas pulsiones internas o externas y que ni siquiera obedece a respuestas a situaciones de frustación, sino a una tendencia del ser humano. El comportamiento delictivo está presente en todas las personas y sólo el miedo al deterioro de los lazos familiares, interpersonales, grupales o institucionales que el individuo ha establecido, es lo que le frena para no cometer el delito. Cuando el individuo carece del adecuado arraigo a esos vínculos o éstos se debilitan o se rompen, se carece, también, del necesario control disuasorio, encontrando expedito el camino del crimen, lo que puede suceder independientemente del extracto social en el que se encuentre el sujeto.
La teoría del arraigo social ha encontrado un gran aval empírico, siquiera a parte de sus tesis, aunque está especialmente pensada para la delincuencia juvenil. Una de las principales y más interesantes novedades de la teoría es la referencia al apego (attachement). Este concepto alude a la vinculación y respeto que el individuo tiene a las instituciones (entendidas como tal desde las personas, como el padre o tutor, a la escuela, el trabajo, etc.). Según sostiene la teoría, el apego de un individuo por las instituciones, por ejemplo, por sus padres, es independiente de que sus padres sean o no respetuosos con las normas sociales y las leyes, lo cual contradice las teorías del aprendizaje social. No es el contacto del joven con delincuentes lo que le hace delinquir, sino que la previa comisión de un delito es lo que hace que se rodee de delincuentes.

El labeling approach
Finalmente, la teoría del etiquetamiento, de la que pretendemos hablar más  extensamente en otro momento, por lo que apenas apuntaremos unas líneas:

Esta teoría nace en el seno de las “teorías de la reacción social”, que critican las visiones positivistas y rechazan las explicaciones genéticas, psicológicas o multifactoriales y los enfoques estructural-funcionalistas. Además, está completamente enfrentada a todo enfoque que parta de la “desviación” del autor criminal. Así, el positivismo y sus teorías afines, entendían que la desviación provocaba el control social. Por el contrario, la teoría de la reacción social invierte los términos en los que es considerada la conducta desviada y sostiene que es el control social lo que produce la conducta desviada.
Con raíz en dos corrientes previas, el interaccionismo simbólico, que postula que la realidad social se forma por interacciones concretas entre individuos a quienes un proceso de tipificación confiere un significado y en la etnometodologia o interaccionismo neosimbólico, que entiende que los significados del comportamiento son dinámicos y están en constante reconstrucción por el hombre durante su quehacer cotidiano, la teoría del etiquetamiento o labeling approach, cuyo artífice es Howard Becker, parte de la idea de que el hombre delincuente, muchas veces, ni quiere romper ni conoce las normas sociales que rompe. Sin embargo, al hacerlo por primera vez, se le “estigmatiza” y se le etiqueta con el rol de delincuente. A partir de ahí, la sociedad le trata como tal y no da otras opciones al sujeto para salir de esta situación. Por tanto, al sujeto no le cabe otra salida que identificarse con la etiqueta y aceptar el rol asignado comportándose según se espera de él.
Howard Becker
Becker postula que cometer un acto desviado es muy distinto a ser calificado de desviado o, como él les llama, de “outsider”. La etiqueta, amplían otros autores, provoca reacciones en los demás al tratar al sujeto, reacciones acordes con los sentimientos que provoca la etiqueta, que en el caso del Outsider es de miedo, rechazo, sospecha, desconfianza… La teoría del etiquetamiento también pone de relieve que la norma social es de origen político y, por tanto, la producción de conductas calificadas como “desviadas” se deben a la aplicación de las normas impuestas por un grupo de poder.
Por tanto, la teoría del etiquetamiento, se resume en la idea de que ningún comportamiento es, en sí mismo, desviado, sino que tal calificativo se crea mediante el establecimiento de normas que son efectivamente aplicadas (de lo contrario, tampoco se produce desviación) y que son selectivas (Ya que el mismo comportamiento puede ser definido de manera diferente por las personas o en situaciones específicas). Esta selección la lleva a cabo el poder imperante. Finalmente, la etiqueta impuesta al sujeto lleva aparejada una serie de reacciones de la sociedad hacia él que no da más opción que acabar asumiendo el rol impuesto.

Otras apreciaciones, ya fuera de estas teorías, han llevado a distinguir entre Desviación Individual (en la que el desviado es un individuo en solitario) y De Grupo (en la que es un grupo el que, actuando como entidad colectiva, contradice las normas sociales. Una amplia gama de desviación de grupo tiene lugar en el interior de subculturas desviadas. El individuo, en este caso, actúa en conformidad con las normas de ese grupo, desviado en referencia a las normas sociales de los demás).
También Edwin Lemer realiza una diferenciación entre Desviación primaria (la que es temporal y no recurrente, tras la cual el individuo sigue obrando de forma socialmente aceptable) y la Desviación Secundaria (en la que el individuo exhibe frecuentemente una conducta desviada y se la identifica públicamente como desviado).

Durkheim
Antes hemos citado a Durkheim y su teoría de la anomia social y no seríamos justos si no recordáramos que el “padre de la sociología” buscó, también, un enfoque funcionalista de la desviación. Para Durkheim, lo que no resultaba funcional no sobrevivía y, sin embargo, la desviación y la delincuencia es moneda común en todas las culturas y en todos los tiempos. Por eso, Durkheim exploró las funciones que cumplía la desviación, encontrando principalmente, cuatro:

1)      Contribuye a consolidarlos valores y las normas culturales: La cultura implica un consenso acerca de lo que está bien o mal. Respetar ese consenso garantiza que nuestras vidas no sean un caos. El bien se entiende en oposición al mal y no puede existir uno sin otro, de la misma manera que no existe justicia sin delito. La desviación es indispensable en el proceso de la generación de normas morales.
2)      La respuesta a la desviación contribuye a clarificar las barreras morales. Así, la definición del outsider, del desviado, ayuda a la gente a trazar la línea entre lo moralmente permitido y lo intolerable.
3)      La respuesta a la desviación fomenta la unidad social. Frente al ultraje, siempre se consolidan los lazos morales que unen a la comunidad. La ofensa llama a la solidaridad y la cohesión del grupo.
4)      La desviación fomenta el cambio social. Las conductas desviadas presentan alternativas al orden establecido y pueden empujar a cambiar la norma. Especialmente significativo en este sentido son las revueltas pacíficas de Mahatma Ghandi en la India o de Martin Luther King en Estados Unidos.

Èmile Durkheim

La desviación negativa
En todas las teorías anteriores, la desviación se entiende, en definitiva, como el apartamiento de la norma, bien sea por características que son atribuibles al sujeto o bien por un etiquetado externo. Dentro de ese comportamiento negativo encontramos tres formas de desviación negativa, principales:

La Pura: Incluye la mayoría de los crímenes que infringen las leyes y son consideradas como desviados por la sociedad. Así, por ejemplo, el asesinato es considerado punible y desviado en prácticamente todas las culturas conocidas, aunque varíen, como las propias culturas, algunas circunstancias que hagan tolerable o excusable ese comportamiento (como la defensa propia)
La Secreta: Aquella conducta que, según Howard Saul Becker, viola las reglas, pero que está muy bien escondida para que nadie la vea o, si la ven la ignoran. Ésta es disfrazada por el consenso entre las partes o el poder de la persona que realiza el acto. La mayoría de los delitos de guante blanco procuran esconderse bien, pero son sancionados por la sociedad cuando se descubren. Sin embargo, últimamente no hay más que ver las noticias para que se comprenda por qué la gente tiene la sensación de que estos delitos están permitidos por las autoridades que deben perseguirlos o condenarlos. Así, el “caso Pujol”, conocido hace años y casi denunciado por Pascual Maragall hace más de diez años, ha quedado impune hasta hoy, conocido y consentido (al menos esto es lo que parece), por el entorno de dirigentes tanto catalanes como del Estado español, que deberían haberlo cercenado y denunciado. El caso de los EREs en Andalucía, la multitud de casos de corrupción que acumulan los dirigentes del PP de toda España, y otros tantos casos de corrupción parece que afloran sólo gracias a la constancia de los periodistas y los jueces. Sin embargo, durante el largo periodo de tiempo en que se fraguaron y ejecutaron, todos parecían conocerlos y silenciarlos. Se entendía una conducta normal recibir regalos a cambio de información confidencial y “como todos lo hacían”, nadie lo etiquetaba como conducta desviada.
La Falsamente Acusada: En este caso, el rompimiento de las normas informales o los usos cotidianos no reglados por las leyes (es decir, conductas no ilegales pero que rompen con las normativas menores de la sociedad), propician que la persona sea etiquetada como desviada. Frecuentemente, son las personas de poco poder las que se ven más afectadas por este proceso de etiquetamiento. Así, la marginación social puede hacer que veamos a mendigos como delincuentes efectivos o potenciales. Algunas normativas municipales de los últimos años, la de Madrid entre ellas (una de las cuales, la de Benidorm, municipio de la Costa Blanca, tuvo que rectificarse ante el revuelo mediático a nivel nacional que se organizó), penalizan a los mendigos con una cantidad que puede superar los 50€, algo que es una contradicción puesto que poca multa puede pagar un “sin techo”. Estas normativas recuerdan la Ley franquista de Vagos y Maleantes, que ya en el mismo nombre unía dos conceptos que no tienen por qué ir de la mano.


Bibliografía principal:

Garrido, Stangeland y Redondo: Principios de Criminología (4ª ed.), Valencian, Tirant Lo Blanc, 2006

Eduardo Gudiño Tello, Tesis previa a la obtención del título de Psicólogo (Universidad Politécnica Salesiana Sede Quito, marzo, 2011

García de Pablos, Antonio: Criminología. Una introducción a sus fundamentos teóricos, Valencia, Tirant Lo Blanc, 2013, 7ª ed. pp 506-507


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